La democracia es un trabajo continuo: una mirada de los desafíos que enfrentamos

por Pablo Collada
(Parte 1 de 2)

Con el lanzamiento de Pulsante, la iniciativa se planteó la necesidad de abrir una serie de conversaciones con personas cuyo trabajo en la región ha sido clave para el debate público en temas tan variados como la movilización política, la tecnología cívica y el acceso a datos, las identidades indígenas y afroamericanas, el deterioro ambiental, entre otros. La intención era escuchar sus inquietudes más actuales, tomar el pulso de los dolores y oportunidades percibidas desde el terreno y así procurar una mayor sensibilidad con el entorno y sus desafíos.

Estas conversaciones han resultado una reflexión interesante que hoy compartimos con ustedes. Si bien este conjunto de conversaciones no pretenden dar cuenta de toda la diversidad de miradas de la región, la voz de estas 10 personas (Alessandra Orofino en Brasil, Maricarmen Sequera en Paraguay, Marcia Santacruz en Colombia, Yasnaya Elena Aguilar en México, Haydeé Pérez en México, Leonor A. Zúniga Gutiérrez en Nicaragua, Agustin Frizzera en Argentina, Fabrizio Scrollini en Uruguay y Bernardo Gutiérrez en España) fue de una riqueza y sensibilidad destacable.

A manera de reflexión colectiva compartiremos estas ideas en dos entregas, en este primer ejercicio de síntesis este primer texto pretende recoger y compartir algunas de las ideas clave que surgieron durante las conversaciones mencionadas. 

Esperamos detonar más conversación y profundizar en la discusión. 

Sobre los desafíos de la fragilidad democrática:

Para fortalecer la democracia es necesario en primer lugar reconocer su falencias y fragilidades. En algunos casos, incluso, reconocer que su implementación cuenta con fallas y deudas históricas. Sólo desde ahí será posible suturar donde haya que suturar y construir donde haya que construir.

En particular, hay 4 desafíos centrales que fueron abordados a la hora de hablar de la crisis democrática en América Latina:

  1. La crisis de representación, por un lado asociada al desempeño de la clase política y su incapacidad para ser responsiva a las demandas ciudadanas, y procurar una legitimidad estable. Por otro lado, están los mecanismos y vehículos partidistas que se han convertido en instrumentos electorales y no de formación, deliberación y promoción de una visión política.

  2. La cultura de impunidad, en un Estado cooptado cuyas instituciones han sido incapaces de asegurar un Estado de Derecho que asegure la igualdad ante la ley, la adecuada implementación de los mecanismos de acceso a la justicia y la reducción de la corrupción.

  3. La desigualdad, profunda de la región, con ciudadanías de primera y segunda clase en cuestiones que van desde el acceso a servicios básicos, educación y salud, hasta la noción de un Estado que está al servicio de quien tiene más poder y no de las mayorías.

  4. Identidades y colectividad, como aspectos que las democracias han sido incapaces de abordar y reconocer plenamente. Por un lado, al basar el ejercicio de la ciudadanía desde lo individual y no desde lo colectivo, y por otro al promover los relatos oficiales de manera homogénea, sin otras identidades nacionales y sin una verdadera inclusión de doble vía, con intercambios basados en la paridad y la igualdad.

Al reconocer estos conflictos y/o carencias, se vuelve esencial plantearse algunas oportunidades desde dónde trabajar. Quizá la inicial tiene que ver con la necesidad de matizar las expectativas respecto al “fortalecimiento democrático” y generar miradas de transformación gradual y acotada. Desde ahí surgen preguntas como ¿cuáles son las fases ideales para un proceso de mejora progresiva, y cuáles son los espacios o instituciones donde se abren las mejores oportunidades de éxito? Luego, otro componente asociado a la representación tiene que ver con reconectar el vínculo roto entre la movilización popular, territorial y de barrio con las instituciones políticas.

el choque y la confrontación ha permeado los ejercicios democráticos

Se ha manifestado de manera reiterada que hay un profundo desfase entre las agendas de las instituciones públicas y las agendas de movimientos sociales, y un deber no cumplido de los partidos en su potencial catalizador de inquietudes y de relevación de voces ciudadanas. Ahí es también necesario impulsar la vivencia de lo democrático de la manera más directa y cercana posible y eso puede lograrse con la profundización de los procesos comunitarios. Un desafío clave es transitar de una versión de democracia sostenida en individuos a una que está enraizada en comunidades integradas y dinamizadas a partir de la participación. 

Finalmente, está un componente que en los últimos tiempos se ha vuelto particularmente sensible: la narrativa. Desde el lenguaje y el relato público hasta las interacciones de las agendas en medios sociales, el choque y la confrontación ha permeado los ejercicios democráticos. Es necesario impulsar con contundencia el debate, la deliberación y los mecanismos de encuentro entre posturas para construir visiones compartidas.

 

Parte 2 del blog post