La democracia es un trabajo continuo: una mirada de los desafíos que enfrentamos

por Pablo Collada
(Parte 2 de 2)

En continuación a la reflexión sobre los desafíos de las democracias en nuestra región, compartimos la segunda parte de la recopilación de sentires y reflexiones que hicimos con diversas personas para entender sus inquietudes más actuales. 

Este trabajo es una invitación a la reflexión colectiva y a la co-construcción de nuevos caminos que nos permitan tener sociedades más justas, más diversas y equitativas. 

Se destacan 3 campos estratégicos, el espacio cívico, la tecnología y la movilización ciudadana. 

Sobre la defensa del espacio cívico:

Ante embates autoritarios, ya sean sutiles o explícitos, donde se reduzcan espacios en que la ciudadanía sea capaz de generar contrapesos al poder, organizarse políticamente y construir disenso, es urgente levantar alertas. En primer lugar, identificar cuáles son las prácticas que oficial o no oficialmente, con base legal o sin ella, tienden a la limitación de las libertades cívicas planteadas. A partir de ahí es vital impulsar -al menos- dos enfoques esenciales. En primer lugar, defender aquella institucionalidad que funciona. Es decir, aquella que funciona por diseño y operación abriendo espacios de diálogo y deliberación, de contraste de ideas, y de acoger la diferencia. Además, defender la viabilidad de estructuras no formales en que se ejercen valores democráticos colectivos y se gestiona el bien común: Si bien es importante exigir que el Estado sea garante de un espacio cívico diverso, es necesario también reconocer los ejercicios y prácticas que ocurren al margen de este Estado.

Sobre la tecnología:

Si bien la promesa democratizadora de la tecnología ha sido capaz de cumplir en aspectos como la visibilización de causas, la agilidad en la comunicación y la facilidad del acceso a la información, entre otras, también hay otra cara en esa misma moneda. No únicamente se han profundizado las desigualdades entre quienes tienen verdadero conocimiento en el uso de la tecnología, sino que incluso entre quienes cuentan con ello, se han generado divisiones y dinámicas de ruptura que lucen insalvables. Por ello, es necesario seguir profundizando la exigencia de transparencia en todas las entidades de interés público, incluidas aquellas responsables de desarrollar la tecnología sobre la que se sustenta el flujo de información y la conversación. Sólo a partir de ahí será posible ir rompiendo las burbujas que genera una tecnología cuyas características y funcionalidades no conocemos en verdad. Es fundamental entender las reglas, el diseño y el funcionamiento de la tecnología que modela el debate que pretende ser abierto. Herramientas de creación colectiva y el software libre son vías para ello. Finalmente, en este tema, es necesario reconocer que la utilidad de la tecnología se valora en función de la capacidad para usarla, adaptarla y dirigirla. En ese sentido, ante los embates en el uso anti-democrático de ella, es necesario construir la capacidad para contrarrestarlo y crear contrapesos reales: “una cucharada de su propio chocolate”, se diría.

Sobre la movilización ciudadana:

Sin duda la capacidad de una sociedad para activarse alrededor de un tema de manera organizada y con un propósito razonablemente definido es uno de los indicadores vitales de una democracia sana. Sobre ese tema, es importante precisar tres cosas: primero, reconocer a la movilización ciudadana como un vehículo de autogestión cotidiana que es útil y tiene un valor más allá de la interlocución con el Estado. Segundo, que es posible generar impacto a través de acciones estratégicas de incidencia que no necesariamente estén sustentadas en la participación masiva. Y tercero, que en particular en América Latina y ante contextos de violencia policial y represión, es necesario incorporar la cultura del cuidado en la movilización, a fin de generar entornos seguros capaces de contrarrestar el miedo a alzar la voz.

Finalmente, mencionar que el entorno de pandemia ha revelado o desnudado la fragilidad de la institucionalidad en América Latina, lo cual obliga a mantener las necesarias exigencias en materia de transparencia, fiscalización y demanda de un Estado que rinda cuentas. Pero además, hoy día se ha intensificado la urgencia de reforzar los entornos en que las sociedades se fortalecen desde su potencial colectivo, solidario e inclusivo para la resolución de problemas. Demasiadas catástrofes en la región nos han demostrado que más allá de la eficacia o ineficacia de los gobiernos para atenderlas, han sido las sociedades en su urgencia auto-organizativa quienes han generado las mejores respuestas. Si en esta crisis de largo plazo es posible generar soluciones de largo plazo, quizá las relaciones que deriven de ello en el futuro serán más democráticas: unas en las que las sociedades reconozcan la libertad y poder que les da la comunidad de la que forman parte.